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2026

La carta que nunca abrí

Retrato de ElenaElena·Valparaíso, Chile·2 min de lectura

El otrodía mi nieta me estaba ayudando a ordenar un mueble y encontró una carta metida entre unas fotografías. Estaba amarillenta, con el sobre medio roto en una esquina.

—Abuela, ¿y esto?

La reconocí al tiro. Era de Luis, que fue mi pololo cuando yo tenía treinta y tantos años. La mandó desde Antofagasta, donde se había ido a trabajar.

Nos habíamos peleado antes de que viajara. Una tontera, seguramente, porque ni me acuerdo por qué fue. Pero yo era bien orgullosa. Cuando llegó la carta, la

El otro día mi nieta me estaba ayudando a ordenar un mueble y encontró una carta metida entre unas fotografías. Estaba amarillenta, con el sobre medio roto en una esquina.

—Abuela, ¿y esto?

La reconocí al tiro. Era de Luis, que fue mi pololo cuando yo tenía treinta y tantos años. La mandó desde Antofagasta, donde se había ido a trabajar.

Nos habíamos peleado antes de que viajara. Una tontera, seguramente, porque ni me acuerdo por qué fue. Pero yo era bien orgullosa. Cuando llegó la carta, la guardé sin abrirla. Pensé que después la leería.

Y pasaron los años, po.

Luis volvió a Valparaíso, nos encontramos por casualidad en el plan, conversamos y terminamos casándonos. Estuvimos juntos casi cuarenta años. Él murió hace seis.

Mi nieta no podía creer que nunca hubiera abierto la carta. Me preguntó si quería leerla ahora.

Le dije que bueno, total, a estas alturas.

La letra era la misma de siempre, toda chueca. Me contaba del calor, de la pensión donde estaba viviendo y de un compañero que roncaba tanto que no lo dejaba dormir. Al final decía que me echaba de menos y que había comprado unos aros para mí.

Ahí me acordé de los aros. Unos chiquititos, de color azul. Me los regaló cuando volvió.

Lo curioso es que nunca me contó que los había comprado allá.

Mi nieta me preguntó si estaba triste. Le dije que no, que me diera mis anteojos buenos, porque con esos no veía nada.

Después guardé la carta otra vez. Pero ahora sin el sobre.