2026
La carta que nunca abrí
A mínunca me gustó guardar papeles. Mi marido era el que guardaba todo, hasta las boletas del pan, para qué le cuento. Pero había una carta que yo tenía escondida en una caja de costuras. Estuvo ahí años y años.
Era de Luis, cuando todavía pololeábamos. Él se había ido a trabajar a Antofagasta y nosotros quedamos medio peleados. Yo tenía 35 años y un carácter bastante difícil, eso lo reconozco ahora.
La carta llegó un martes, me acuerdo porque ese día yo lavaba. Vi su letra en el sobre y me dio una rabia... La metí en la caja y seguí con mis cosas.
Al tiempo Luis volvió. Nos arreglamos, nos casamos y tuvimos dos hijos. Él nunca supo que yo había recibido esa carta. O por lo menos nunca me preguntó.
Ahora, mire qué cosa más tonta. Hace unos días mi nieta estaba buscando unos botones y la encontró.
—¿Abuela, quién es Luis?
—Tu abuelo, pues, ¿quién va a ser?
La abrimos en la mesa de la cocina. Me costó leerla porque tenía la letra muy apretada.
No decía nada extraordinario. Que estaba comiendo mal, que la pieza era chica, que un compañero suyo escuchaba música hasta tarde. Y después decía que me había comprado unos aros azules, pero que no sabía si yo iba a querer recibirlos.
Esos aros los usé para nuestro matrimonio. Después perdí uno en una micro, hará unos treinta años.
Mi nieta quiso quedarse con la carta, pero le dije que todavía no. La puse en el cajón de mi velador, donde guardo los remedios y unos pañuelos.
Hoy fui a buscar una aspirina y ahí estaba otra vez.
Todavía me cuesta creer que Luis haya escrito esas cuatro páginas sentado en alguna pensión de Antofagasta. Él nunca fue muy bueno para escribir. Para hablar tampoco, en realidad.
